Cuando a uno lo expulsan a patadas del sueño, el amanecer es siempre una modorra. Se emerge de ese ensayo de muerte todavía sellado por la víspera. Si fue de odios, con rezagos de odio. Si fue de amor, con primicias de amor. Pero el día empieza a convocarnos y es distinto de todos los demás. Tiene otra lluvia, otro sol, otra brisa, también otras terribles confidencias. Así ocurren sabores, sinsabores, manos que son cadenas, mujeres que son labios, ojos que son paisaje. Y cuando al fin lo expulsan a uno de la vigilia, se emerge de ese ensayo de la vida con los ojos cerrados y despacito, como buscando el sueño o la cruz del sur, se entra a tientas en la noche anónima. Buenos días...