Desde que nació mi hija, ella fue el centro de mi vida. Me olvidé de mí, de mi tiempo, de mis hobbies. Solo estaba ella. Poco a poco fui desapareciendo, sin darme cuenta. Hasta que llegó un día que exploté. Ya solo quería escapar. Y entonces llegó la gran amiga de la maternidad, la culpa. Culpa por no estar siendo la madre que siempre había querido ser. Tuve que parar, mirar hacia adentro y admitir que me había abandonado. Que necesitaba un espacio donde ser simplemente yo. Sin el título de madre pegado a la frente. Porque, ¿cómo vas a cuidar de alguien si hace tiempo que te has perdido a ti misma?