Este es el sonido de la alarma de mi pareja, Mónica. Suena cada día a las 5 y media de la mañana y en el 80% de las ocasiones a mí no me despierta. No me despierta porque ya lo estoy. En la cama siempre somos cuatro, ella, la gata, mi insomnio y yo. Y este es el sonido de la alarma de las 5.45. Es el cuarto de hora del engaño, lo que ella necesita para saborear que está en la horizontalidad. Son los 15 minutos en que juega a la negación de que hay que levantarse para ir a trabajar. Ella espera un milagro, ese rayo de luz, de falsa esperanza, en la que algo acabe pasando. Un festivo por sorpresa, el final del capitalismo, o que de repente trabajar canse menos que dormir. Nunca he hecho esto. Primero porque hace años que ya no uso el despertador. Mi cerebro me maltrata con un despertador biológico imposible de silenciar. Eso de tener dos alarmas es el mayor timo del siglo XXI. Es un falso placer. Creo que es mejor recibir una sola paliza de golpe, a que te den dos y algún puñetazo de por medio.